La filología apaga fuegos

Quiero hablar de una de las genialidades del filósofo que precisamente comparte con Miguel de Unamuno.

Francisco M. Carriscondo Esquivel

Universidad de Málaga


Entre otras cuestiones, la obra del genial filósofo José Ortega y Gasset está salpimentada con reflexiones geniales sobre el lenguaje. De las que tienen que ver con la inventiva verbal y su protagonismo en las obras lexicográficas me ocupé hace unos años, en un librito titulado Creatividad léxica-semántica y diccionario (2006). Sobre las lenguas muchas veces se aprende más de los grandes autores del pensamiento o la literatura, sin ser lingüistas, que de los mismos profesionales. Desde Cervantes hasta Saramago, pasando por Unamuno u Ortega, se puede elaborar una lingüística residual o periférica, para así reivindicar una contribución, la suya, a las ideas sobre el lenguaje que por lo general no se contempla en los manuales considerados como canónicos. En ocasiones aprendo menos de los lingüistas que de quienes no lo son. En mis clases, de hecho, trato de explicar una historiografía lingüística no nuclear, al margen de los clásicos, donde muestro infinidad de comentarios, anotaciones, perlas, hallazgos… tomados de mis lecturas. De lo subrayado en la intimidad del estudio a lo expuesto en toda representación escénica que constituye una clase. No contemplo una forma mejor de difuminar las barreras que muchos imponen entre la lengua y su literatura o entre las disciplinas que se cobijan bajo el generoso paraguas de las humanidades.

Sin embargo, hoy quiero hablar de una de las genialidades del filósofo que precisamente comparte con Miguel de Unamuno. Se trata de su capacidad neológica, su empeño onomatúrgico, al decir del eminentísimo filólogo Bruno Migliorini, a fin de acuñar voces por los procedimientos habituales de la lengua (derivación o composición) o de reactivarlas (bien porque las toma prestadas de la antigüedad clásica, bien porque las ha leído en los textos de siglos pretéritos, bien porque las ha oído a la gente del pueblo). La última edición de sus obras completas comprende cerca de diez mil páginas, agrupadas en diez volúmenes en cuarto, a cargo de la editorial Taurus y la Fundación Ortega y Gasset. A ellas hay que sumar la correspondencia, las notas de trabajo o los inéditos que, todavía, siguen surgiendo, de los que tenemos noticias gracias a la Revista de Estudios Orteguianos. Llevo rastreada aproximadamente la mitad de toda esta producción a fin de extraer, en solitario, estos diamantes léxicos. Un adelanto de esta tarea –en concreto lo que de sí arrojan los fructíferos años de El Espectador (1916-34)– se ha publicado en el último número de la revista Romance Philology, fundada en 1947 por otro de los grandes filólogos, Yakov Malkiel, y editada por Brepols desde la Universidad de California en Berkeley.

Quizás el ejemplo más reconocido como neologismo suyo sea el de vivencia, vinculado, lexicográficamente hablando, con el filósofo a partir de la vigésima edición del Diccionario (1984) de la Real Academia Española: «De vivir, formada por Ortega y Gasset para traducir el alemán Erlebnis» (s.v.). Y así se mantiene hasta la edición vigente. El autor se valió del controvertido sufijo –encia sobre la base léxica viv– ‘vivir’ para construir un sustantivo de acción y efecto. Lo de controvertido viene porque la Nueva gramática de la lengua española (2009: § 5.11a) propone que su forma canónica sea –ncia, pues se añade a la base a partir del tema de presente del verbo vivir. Ambas opciones, en definitiva, mantienen sus pros y sus contras. Sin embargo, conviene advertir de la existencia del vocablo con anterioridad a la producción orteguiana, como registra el también académico Corpus diacrónico del español, en un texto argentino de 1881 (si bien revisado y corregido para su edición en 1915): «[H]e de pedir por vuestro intermedio, que la Casa, fiel a sus viejas tradiciones, me escuche antes de poner en vivencia su resolución» (Lucio V. López [1915]: Recuerdos de viaje [1881]. Buenos Aires: La Cultura Argentina, 95). 1881 es la fecha que marca el banco de datos, pero en la fuente de la que se extrae, procedente de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, figura la de 1880.

Había entonces un fuego que apagar, solucionar el problema de si había que descartar o no la famosa acuñación como propiamente orteguiana. Para ello, rápidamente advertí que lo más urgente era dirigirse a las fuentes originales. Ni la Academia ni la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes acudieron a la primera edición de la obra, que definitivamente es de 1881, salida de los talleres bonaerenses de El Nacional. También es verdad que no está dicha edición en formato electrónico y que es extremadamente dificultoso acceder desde Europa a la obra en papel (no conozco ningún ejemplar en editoriales del continente). Fue entonces cuando acudí a mi colega Daniela Lauria, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, para que me facilitara la consulta del ejemplar existente en la Biblioteca Nacional de la República. Y fue así como pude constatar, primero, que lo que reproducen los textos manejados por la Academia y la Biblioteca Virtual españolas es una errata (vivencia por vijencia [sic]); y, a continuación, que ni siquiera nos podemos fiar de las correcciones que el mismo autor hace de su propia obra, pues, como puede comprobarse, la errata persiste en la edición de 1915. Y ahí está, perpetuada en ediciones electrónicas posteriores, como las que he trabajado. Varias conclusiones pueden deducirse de todo lo dicho hasta ahora. La filología ha de poner en cuarentena cualquier información que se encuentre en su camino. No hay que obsesionarse con la cantidad de datos obtenidos en nuestras pesquisas, sino más bien con su calidad. Y con saber exprimirlos al máximo. De mi admirada Mary Beard, Catedrática de Lenguas Clásicas de la Universidad de Cambridge, me quedo con la idea de que, para reconstruir la historia, basta con las escasas piezas que nos ha dejado el pasado, siempre que se manejen, según Ortega y Gasset, con dosis combinadas de rigor y audacia. Precisamente el manejo de los datos marca, a mi juicio, la diferencia entre el filólogo y el lingüista, pues este suele enfrentarse, más que aquel, a un ingente registro de evidencias de la realidad que actualmente es difícil de controlar por una sola persona. Estamos ante la tesitura del trabajo individual frente al del equipo, la búsqueda de patrones regulares, ayudados por las máquinas, o de rarezas extraídas del aluvión. La reconstrucción no colosal, sino ladrillo a ladrillo. Puestos a elegir, mi vocación filológica me arrastra a apagar los fuegos que prenden los arquitectos en los enormes edificios lingüísticos que proyectan. Y ello con el agua rotunda de los datos rigorosos (como, por cierto, gustaba decir a Ortega y Gasset).

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