Una elegía inédita de Pedro Perdomo Acedo por la muerte de Tomás Morales

Desde que Tomás Morales publicó su primer libro el magisterio que ejerció en el mundo de la literatura y la admiración que ocasionó fueron realmente llamativos

Oswaldo Guerra Sánchez

Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Desde que Tomás Morales publicó su primer libro en 1908, Poemas de la gloria, del amor y del mar, hasta su fallecimiento, el 15 de agosto de 1921, el magisterio que ejerció en el mundo de la literatura y la admiración que ocasionó su obra y su figura fueron realmente llamativos. Su presencia en los medios sociales de comunicación fue sostenida a lo largo de esos años, con ecos no solo en el ambiente cultural canario y peninsular español, sino también en algunos países americanos, especialmente Cuba, México o Argentina.

A principios de 1920, nada más publicar el tomo II de Las Rosas de Hércules, cuando todavía no se sospechaba el fatal desenlace que habría de tener su existencia, se puede apreciar un incremento del interés público por su figura. Tras su vuelta de Madrid, con motivo de la edición y presentación pública de su obra magna en el Ateneo de esa ciudad en febrero de ese año, fue aclamado de manera triunfal. Se sucedieron homenajes al autor en forma de veladas poéticas, recepciones y banquetes (en Las Palmas de Gran Canaria y Telde, principalmente). En Tenerife permaneció alrededor de un mes, en el último tercio de 1920, invitado para participar en la Fiesta del Atlante, donde recibió agasajos continuos y participó en encuentros poéticos y variadas reuniones sociales. Aunque años atrás ya eran numerosas las colaboraciones en prensa de distintas personalidades destinadas a ensalzar los logros poéticos de autor, será durante es año de 1920 y durante 1921 cuando sus apariciones en la prensa aumenten vertiginosamente, incluso como simple crónica de los movimientos del poeta.

Uno de esos homenajes, quizás el más llamativo, no deja de resultar sorprendente, sobre todo para un autor que por entonces apenas contaba con 35 años. Durante la mencionada presentación de Las Rosas de Hércules en Madrid, el escultor Victorio Macho, a quien se le había encargado el monumento funerario en honor a Benito Pérez Galdós, se ofrece para modelar el busto del poeta en barro. Pronto surge la iniciativa, entre los amigos de Tomás, de llevar esta pieza a bronce, para ubicarla, ahora a tamaño monumental, en un lugar destacado de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Aunque finalmente el poeta no vería el monumento, ubicado inicialmente en el Parque de Cervantes (posteriormente denominado San Telmo), lo más destacable, fuera del inmenso valor estético de la obra de Victorio Macho, es el movimiento ciudadano que se organizó, prácticamente al margen de las instituciones (a excepción de la necesidad de solicitar suelo público para su ubicación). Durante meses, los periódicos locales iban publicando la lista de suscriptores para sufragar los gastos de la obra, con las cantidades donadas por cada uno. Además de amigos personales del poeta y algunas instituciones privadas, numerosas personas prácticamente desconocidas consignaron sus aportaciones para que tal idea viera la luz, hecho que no se produciría hasta 1925 (Mesa: 1917). 

En el ámbito literario, son bien conocidas las muestras de respeto y cariño que le brindaron en vida intelectuales del momento, mayores que él, como Francisco González Díaz, Domingo Rivero o los hermanos Millares Cubas, o sus propios compañeros de batalla, Saulo Torón, Rafael Romero Alonso Quesada, o Luis Doreste Silva. A estos habría que sumar a los más jóvenes, como Claudio de la Torre, Fernando González o Josefina de la Torre, esta última todavía una niña cuando le dedica en prensa un poema cuyos últimos versos dicen «Al lado de tus versos, Tomás Morales / los míos no se ven: ¡son tan pequeños!». Entre estos admiradores se encuentra un joven llamado Pedro Perdomo Acedo.

Algunos homenajes literarios por el fallecimiento de Tomás Morales

Tomás, el admirado poeta y el querido ciudadano, fallece en verano de 1921. La conmoción ciudadana fue tremenda. Ya gravemente enfermo recibe la visita del propio Victorio Macho, a quien dedica una de sus últimas composiciones. El poema, incompleto, aparece poco después de su muerte en El imparcial de Madrid y se reproduce en la prensa local con el título de “Los últimos versos de Tomás Morales”.  

Durante los meses siguientes a su fallecimiento, entre las numerosas muestras de dolor aparecidas en prensa o en otro tipo de publicaciones, destacan las de carácter literario. Los amigos de Tomás y sus colegas del mundo de la escritura, plasmaron sus condolencias a modo de elegías poéticas o emotivos textos en prosa. Ni que decir tiene que un buen número de ellas (las de tipo poético, especialmente) se caracteriza por el tono circunstancial, por un predominio de un sentimiento a flor de piel sobre el que no ha mediado el tiempo suficiente para lograr una pieza sosegada, bien acabada conceptualmente.  

Al margen de esos testimonios de indudable valor histórico, hay que destacar las elegías dedicadas al poeta por Alonso Quesada y Saulo Torón, de una calidad excepcional, pensadas y escritas al margen de la inmediatez para ser entregadas atemporalmente. La de Quesada, titulada “Siempre (Intermedio elegiaco)”, de hecho, penetra como un clavo ardiente en el proceso creativo del autor cuando redactaba lo que luego se titularía Los caminos dispersos. Es más que probable que el tono del libro adquiriera mayor cariz pesimista tras la muerte del amigo. Como nos ha hecho notar la académica Yolanda Arencibia (2008), en los originales se intercala otro epitafio dedicado a Tomás, dispuesto en forma de triángulo invertido, que dice así:

INTERMEDIO

En este momento la historia del Hombre
oscuro ha de cortarse como una elegía per
sonal del poeta coleccionador de este
dietario. Hay otra laguna en la vida.
Mientras las otras hojas dispersas
se anotan y encaminan muere
el afamado poeta insulario
Tomás Morales, El recopi
lador de estos salmos, con
el ánimo endolorido,
escribe este canto
doloroso a la
muerte de
un bien
amado
ami
go

También Domingo Rivero dedicó a Tomás varias composiciones elegíacas durante los años posteriores a su muerte. Recordemos que el poeta de «Yo, a mi cuerpo», se había mostrado siempre atento al trabajo de Tomás, valga como botón de muestra aquel célebre soneto «A Tomás Morales. Con motivo de sus versos del Diario del Cortijo”, aparecido en prensa en 1911 (El Apóstol), y que los amigos del malogrado poeta incorporaron a la edición póstuma de Las Rosas de Hércules I. Con fecha de 16 de agosto de 1921 escribe el poema “Al volver del entierro de Tomás Morales”, epitafio redactado bajo el impacto inmediato de la muerte. Pero Rivero dedicó otros poemas dolorosos al joven bardo: “A Tomás Morales” (1922), “Al poeta muerto” (publicado el 20 de febrero de 1922 en El Liberal); “Ante el monumento a Tomás Morales derribado” (abril de 1924); “A Tomás Morales. Para Leonor”, (12 de junio de 1925). (Padorno: 1994)

El poema de Pedro Perdomo Acedo

En 1921 un joven Pedro Perdomo Acedo (tenía 24 años), escribe un poema por la muerte del maestro. La elegía, cuya versión original mecanografiada hemos podido consultar gracias a Guillermo Perdomo Hernández, consta de diez versos, y llevaría por título “En la muerte de un poeta: Tomás Morales”, aunque años más tarde el autor lo cambió por el definitivo: “En la muerte del poeta Tomás Morales”. 

El poema, que reproducimos a continuación, está escrito en una cuartilla de 215 mm. de alto por 157 mm. de ancho. El texto, como dijimos, aparece mecanografiado en tinta negra, aunque tiene algunas enmiendas manuscritas a tinta azul de la mano del poeta.

Fig. 1.: Poema original mecanografiado de Pedro Perdomo Acedo, 1921. Archivo Perdomo Acedo.

La transcripción del texto, en la versión definitiva del autor, es la siguiente:

En la muerte del poeta Tomás Morales

Tu cuerpo te hizo sombra
y el dócil verso desplomó sus mares
desdoblando los dioses sospechosos
de la concha y del pez interrogante.

En la terrestre barca que te acoge
no habrá escotilla donde crezca el aire
sino el ciprés sin ruido que con su verde vela
eternamente habrá de ir acompañándote.

Lo que habremos perdido con tu ausencia
solo el grumete de la voz lo sabe.

El documento posee ciertas anotaciones que conviene mencionar para su correcta contextualización. Aparte de la numeración a lápiz [13] en la parte superior derecha, que responde seguramente a una ordenación archivística, encontramos una anotación que dice “(movilizado)” con la aclaración, a mano, “Poemas de”. No sabemos si “Poemas de movilizado” responde a un título de libro o de sección de poemario, pero lo cierto es que la palabra parece referirse a la situación de movilizado del autor desde el punto de vista castrense, pues por ese entonces Perdomo Acedo se encontraba en Madrid realizando la prestación militar. Recordemos que ese año de 1921 España se encontraba en guerra en el norte de Marruecos (Guerra del Rif) y que entre el 22 de julio y el 9 de agosto, pocos días antes de fallecer Tomás Morales, se desarrolló la batalla de Annual.

En la parte inferior izquierda del documento aparecen unas fechas y numeraciones también significativas. La doble fecha “1921-61” parece indicar el momento inicial de redacción del texto, como decimos, probablemente escrito en Madrid, y [19]61 es la fecha en la que el autor, ya en Gran Canaria, retoma el documento quizás destinado a una publicación en algún volumen en preparación. Entendemos que las enmiendas (mínimas) sobre el texto se efectúan en esa segunda fecha. Desconocemos el significado de la anotación “día 15”, que aparece manuscrita en tinta azul justo debajo de las fechas. De tener relación con el contenido del poema, podría referirse a que fue escrito quince días después de la muerte de Tomás, pero también podría ser una nota clasificatoria, como la mencionada en el ángulo superior derecha.

En cuanto a las enmiendas de contenido, Perdomo Acedo solo incorpora una corrección, además de la referida al título. Se trata del penúltimo verso, cuya última palabra, “muerte”, fue sustituida por “ausencia” para ajustar la rima con el verso séptimo.

Elegía, legado y futuro

Pedro Perdomo Acedo da a conocer sus primeros versos con 17 años. Colaboró en Ecos, el periódico que, dirigido por Alonso Quesada, serviría de vocero de aquella enorme generación modernista de Tomás Morales, Saulo Torón, Francisco González Díaz y otros, pero también de algunos emergentes que, como él, crecieron al amparo de esos maestros: Claudio de la Torre, Fernando González… (Perdomo Hernández: 2016)

No es de extrañar que se viera imantado por libros como El lino de los sueños, publicado por Alonso Quesada en 1915; Las monedas de cobre (1919), de Saulo Torón; o Las Rosas de Hércules, la ultimísima novedad editorial del momento que, no lo olvidemos, empezó a distribuirse en las librerías canarias en la primera mitad de 1920. Es importante destacar la naturalidad con que la generación mayor y la más joven conviven, comparten escenario poético y avanzan en pro de una vanguardia que transfigura, poco a poco, con distintos tiempos y modulaciones, todo el quehacer literario de las Islas (como el resto del mundo occidental) entre 1900 y 1936. En las Islas Canarias, el engranaje de la tradición funcionaba a pesar de (o gracias a) los necesarios e inevitables relevos. Pero nadie esperaba que el destino se llevara de un plumazo a dos de esos grandes: Tomás primero, Alonso poco después. Fueron hechos que atentaron directamente contra la naturalidad de los relevos intergeneracionales, del mismo modo que antinatural sería pocos años después la vil ruptura del pensamiento provocada por la propia barbarie humana desatada a partir de 1936. 

En este rompecabezas, un lúcido Pedro Perdomo Acedo registra en su cuaderno unos versos enigmáticos, que explicitan en sí mismos el cambio forzoso de generación a partir de una dolorosa experiencia (la muerte del maestro). En realidad, como veremos a continuación, el epitafio de Perdomo consagra, en su propia condición estética, el puente intergeneracional en un doble y ejemplar sentido: si por un lado comunica la voluntad de unión entre el antes y el después de la poesía, también prefigura, mediante su urdimbre y materiales, la nueva orilla, el nuevo horizonte. Un puente que es, a la vez, homenaje y vanguardia.

Años después, en 1973, Pedro Perdomo Acedo, publica Luz de agua (con el que obtuvo el premio de poesía Tomás Morales de 1971) conformado por dos partes. La primera es un extenso poema titulado “Rapsodia náutica”, y la segunda engloba, bajo el epígrafe “Adiafa (fragmentos)”, otros diez poemas. El libro, cómo no, está dedicado a Tomás Morales con estas palabras:

A
la memoria
de
TOMÁS MORALES;
lo que su muerte dolió
(1921)
solo el grumete de su voz lo sabe

El verso final de la dedicatoria, en cursiva, delata una autocita que solo ahora podemos ubicar correctamente, pues se corresponde con el último verso de aquel epitafio de 1921. En la década de 1990 esta dedicatoria es incorpora a la placa conmemorativa que hoy podemos contemplar en la fachada de la vivienda que Tomás Morales ocupó hasta antes de morir, sita en la calle Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria. 

Pero volvamos al poema. ¿Qué nos dice sobre Tomás y la poesía? La inspiración de Pedro Perdomo Acedo logra un texto en el que penetra en el signo lingüístico del modernismo, lo conjura a través de su máximo representante, el admirado Tomás, y lo proyecta hacia el futuro, hacia un futuro inmediato en el que la palabra poética se está pensando desde nuevas perspectivas. 

Para ello procede incorporando elementos que en la obra de Tomás son centrales (mares, dioses, concha, pez… grumete), pero que son combinados no ya mediante la imagen modernista, sino con el símbolo que se construye a partir del extrañamiento de la realidad, un extrañamiento tanto conceptual como sintáctico, de una realidad que es a la vez muerte y vida, vida y muerte, el ave fénix que se levanta de las cenizas convertido en un nuevo grumete. 

La transmutación de la palabra del maestro bardo en una nueva palabra a través de joven se hace de manera totalmente respetuosa, casi como si en la orfandad recientemente acaecida, necesitáramos una voz que pudiera continuar la labor en el tiempo. Pero las herramientas cambian magistralmente: lo mares se “desploman”, los dioses de “desdoblan” y el pez “interroga”. La imagen de la barca mortuoria transforma los mitos (tan caros al poeta mayor)  del Hades, el Aqueronte, Caronte, los transgrede, de manera que esa nave es ahora “terrestre”, el aire no podrá “crecer” y la vela será “ciprés sin ruido”. 

Se trata de nuevas imágenes, inquietantes, sorprendentes, cercanas al modo creacionista. ¿Por qué le hace sombra el cuerpo al poeta muerto? ¿Acaso el cuerpo gobierna sobre la obra del alma y su legado? ¿Por qué su verso es dócil y además desplomó los mares? Es que la obra del poeta fue, es un fracaso? ¿Por qué ahora donde está su cuerpo habrá un ciprés sin ruido? ¿Qué pérdida es esa?

Pedro Perdomo Acedo concluye: “solo el grumete de la voz lo sabe”. No escribió: “solo la voz del grumete lo sabe”, otro endecasílabo cuyo acento en séptima hubiera sido del gusto modernista, pero que hubiera restado importancia a la propia palabra “grumete”, ahora en posición destacada dentro del sintagma, una palabra tan usada y querida por Tomás, desde este momento incorporada a una imagen de vanguardia.

Bibliografía

ARENCIBIA SANTANA, Yolanda (2008): «Siempre: borrador autógrafo de Alonso Quesada», Moralia, 8, 12-23.

MESA, Teo (2017): «El busto escultórico del poeta Tomás Morales», Anuario de Estudios Atlánticos, 63.

PADORNO, Eugenio (1994): Domingo Rivero. Poesía completa, Las Palmas de Gran Canaria: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

PERDOMO ACEDO, Pedro (1973): Luz de agua, Las Palmas: Cabildo Insular de Gran Canaria. 

PERDOMO HERNÁNDEZ, Guillermo (2016): “Antología primera”, en Antología de Pedro Perdomo Acedo, Santa Cruz de Tenerife: Academia Canaria de la Lengua, 13-23.

 

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